Ya me lo decía mi madre: Ay, hijo mío... ¿Y qué será lo próximo?

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jueves, 23 de febrero de 2023

850

 En el 850 blanco, con mi hermano Joaquín y mi madre, a la que acabábamos de recoger del colegio donde limpiaba. Desde atrás, veía sus cabezas rizadas en tenue conversación entre los dos y -no recuerdo, pero seguro- Serrat cantando en un cassette.


Supongo que mi cabeza iba y venía con los giros y paradas bruscas ante semáforos y paisajes de extrarradio de mis 9 o 10 años. Siendo todo lo feliz que uno pueda ser escoltando a tres seres que ama, escuché a mi madre decir que habían disparado al papa. 


-Mama, ¿han disparado al papa?

-Sí, hijo


Como me puse a preguntar entre sollozos si había sido en su trabajo, mi madre se apresuró a aclararme que se refería al papa de Roma y no a mi padre, que era policía y, en mi imaginación, había sufrido un atentado o una fatídica persecución de película.


Llegamos a casa y allí estaba "el papa", mi padre. Le di un beso y cenamos juntos. 


La luz cayendo en la calle, a través de la ventana, me trajo el ateísmo como un gozo sin remordimientos. ¡Qué me importaba el "PapaRoma" si el mío era otro!


Mi padre, mi hermano, el final de un día en casa, todos, sentados a la mesa de un lugar al que no vuelves nunca más, salvo en momentos como este, desde otro mundo, escribiendo ese recuerdo o recordando lo que escribo, mientras todo fluye bajo otra luz que, ahora mismo, se parece a dios.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Después de un bolo

Hoy tocaba bolo con el piano, en el más allá. Bueno, más allá de Murcia. Varias horas de viaje, solo. Al acabar he salido del hotel y he tomado un café, tranquilamente. Todos deberíamos darnos tiempo para pensar. Lo que decimos, lo que hacemos en nuestra vida, todo eso requiere espacios para observar, para cuestionarse. No tenemos ideas propias, nos llegan dictadas por opinadores que tampoco tienen tiempo, sólo fechas para cierre de edición. Y hay que opinar, esa es otra. Si no opinas sobre Cataluña eres españolista y si el nacionalismo te da arcadas, cualquiera de los dos, no se sabe muy bien de qué lado estás. De todas formas no pensaba en eso, allí, frente al café. Estaba ocupando mi tiempo en sentir la espesa humedad, el sol tenue de septiembre atravesando nubes.
Me he visto allí, sentado, sin prisas, sin un duro... y extrañamente feliz. Haciendo lo que tengo que hacer. Dando la cara, pero no la otra mejilla.
El café muy bueno, por cierto. He hablado con el dueño. Dice que le va bien porque sus clientes son ingleses. Estábamos los dos solos en el local.
Vivimos en un tiempo sin tiempo para vivir.

sábado, 9 de junio de 2018

Volver



No había vuelto a la noche de mi pueblo desde aquellos años cuya única responsabilidad adquirida era vivir, demorar la llegada del sol al abrigo de un amigo, en plena calle vacía, dormida, como un escenario preparado para nuestra función: ser felices.
Anoche, por casualidad o causalidad, me tropecé con los pasos de aquel tiempo. La misma avenida sin coches, el mismo banco donde Soto y alguien parecido a mí se reían a sombra abierta entre la densa luz de las farolas. Crucé la estampa con leve mueca y encendí un pitillo. ¿Qué otra cosa podía hacer?

domingo, 11 de marzo de 2018

Propuesta editorial

Mi próximo libro se llamará Tócame los cojones, sin prisas. Pondré todo mi empeño en su promoción, asistiendo a recitales y presentaciones. Pagaré de mi bolsillo dispendios y críticas en revistas especializadas, rompiéndome la cara para que todos hablen mal de mí. A cada alabanza, responderé con micciones. Recto retráctil, bombearé mierda a capazos que se distribuirán también en las librerías como contenido extra, de igual suerte que las latas de Manzoni. Arte y ensayo.

Vendrá después el golpe final, mi obra completa en audiolibro llamado Tócame los cojones, otra hez, sin prisas y en acto displicente. Buscaré pueblos pequeños para abordarlos con la tiranía del Best Seller refrito, a ver cuánto aguantan. Me iré cagando en sus putas Fiestas Mayores y obligaré a la masa a que me tire de sus inhumanos dominios.


Moriré apaleado y mitificado. En mi lápida, corroída de orines de perros, alguien escribirá: Volveré, para vengarme, como libro de saldo.

domingo, 10 de diciembre de 2017

#RelatosEnredados



Aquí tenéis el libro con el que la editorial Huacanamo celebra sus diez años y cuya promoción en redes está superando todas las expectativas. Basta con buscar #RelatosEnredados o #HuacanamoX para confirmarlo.
Participo con un relato absurdo y surrealista (es decir, actual y real).
En la tienda de Huacanamo te regalan un libro con la compra. Tú verás.  

lunes, 14 de agosto de 2017

El desertor profesional

El libro de Bardagí, con mi punto de lectura


Pere Bardagí es un señor esbelto que hace cosas para el reír suyo, mientras pasa la vida tocando muy bien el violín en todos los discos que van apareciendo en España y otras pedanías, con artistas de diferentes estilos de peinado, como este o este. También es compositor contemporáneo como escucharás aquí y hace otras cosas como cocinar paellas y doblaje de vídeos y todo ello queda escrito en este libro que parece ficción -porque la realidad es muy aburrida si tienes miedo de hacerla divertida- pero no lo es.

El desertor profesional (Ed. Sloper, 2010) es un título excelente porque juega con el doble sentido (de profesión, desertor o el que va abandonando todas las profesiones) y define muy bien la propia historia del autor. Los músicos entendemos este libro pero todavía será más sorprendente para los que no lo son, porque además de reírte con sus aventuras, podrás desmitificar nuestra profesión y ver "la otra cara".

Me identifico y reconozco en el libro. Yo hacía estos puntos de lectura para mis conciertos como cantautor en Barcelona. Aprovechando mi anonimato -en el que sigo inmerso- me hacía gracia presentarme como el violinista acompañante de Vicente Llorente y hablar mal de él mientras esperábamos todos a que por fin llegara. La única referencia que tenían era este punto de lectura. Por supuesto, Vicente Llorente no llegaba nunca a la actuación, que terminaba con un tema latino interpretado con el violín y todos cantando "Esto es diferente sin Vicente Llorente", con algarabía y jolgorio liberador.


Te recomiendo fervorosamente este libro y que vivas con esa filosofía. Entenderás cosas como "O se seca, o se habla con el padre". No te aburrirás.

lunes, 24 de abril de 2017

PROHOMBRES Y BODAS


Esto fue en 1996 o 1997. Ya ha prescrito.

Estaba cursando los últimos años de violín en el conservatorio y me llamaron para hacer una boda “por todo lo alto”. Fui a hablar con la madre de la novia y, mientras soltaba toda una retahíla de próceres que acudirían al evento, yo iba sumando precio porque no me interesaba nada pasar por ese trago, con la idea de que rechazaran mi participación. Querían que tocara en cada mesa durante la cena, de aquí a allá, y además una composición original, un vals, para que los novios abrieran el baile. 


- ¿Sabes quién será el padrino?

- No

- ¡El presidente Eduardo Zaplana!

- Estupendo. Mi caché es de…


Sé que estuvo a punto de decir que aquello era una barbaridad, pero como están acostumbrados a guardar la compostura, aceptó con una sonrisa de esas que te lanzan como el que llora. Me hundió, pero al menos volvería a casa con la sensación de haberles robado, algo insólito porque normalmente siempre ocurre al contrario.

De camino a la mansión, en mi Renault 5 rojo, caía sobre mi violín todo el peso de la justicia y pensé en dar la vuelta unas diez veces como mínimo, pero allí llegué, vi y violín.

Me puse a ello sin pensar mucho, incluso disfrutando, intentando empatizar con el que esa noche era mi público. En una de las mesas colocaron a los menores, de diez a diecisiete años. Toqué alguna banda sonora acorde con sus edades y al acabar, me aplaudieron. Todo normal, hasta que uno de los chicos dijo: “Muy bien, ahora dime dónde está el váter que me estoy meando”, entre las risas de sus primos y vecinos de mesa. Le respondí: “¿Ves la piscina? Lánzate y te meas dentro”, contestación arriesgada que hizo las delicias de la púber mesa, que señalaba al chaval y me despedían con algarabía. Pajaricos.

Pensando que acabarían echándome de allí, así, como el que no quiere la cosa, de mesa en mesa, llegué a la principal, la de los novios. Al verme, el señor Zaplana se levantó y extendió su mano hacia mí, mientras yo ya estaba tocando. Le dije:”No, gracias. Yo sólo he venido aquí a trabajar”, a lo que Eduardo respondió sentándose de nuevo y redireccionando su mano al plato de ostras, todo ello sin perder la sonrisa.

En ese momento sabía que me iban a expulsar del ágape, pero como la comida debía de ser magnífica, todos estaban absortos en sus quehaceres y subcontratas. Nadie dijo nada al respecto y yo, además, ya había cobrado por adelantado, cosa importante en estos eventos con tantas personalidades de renombre. Luego pasé por todas las mesas y abrí el baile con mi vals para los novios, partitura que entregué a la pareja, deseándoles la más fructífera de las negociaciones.

No podía creer que todo hubiera acabado, que yo dijera lo que dije, y que estuviera sonriendo de camino a casa, con mi Renault 5 rojo. 

Tampoco es para tanto, dirán algunos. Pues a mí, me sonó a victoria.

martes, 11 de abril de 2017

RAZA HUMANA

En su atávico miedo a vivir, decidieron enfocar ese temor en la muerte, siendo ésta la única certeza que tenían.

Algunos de ellos, los que miraban cara a cara a la razón, capitalizaron el distraído miedo a morir de la mayoría e inventaron las religiones, con nombres, apellidos y dioses dispuestos a responsabilizarse del miedo de los demás.

Formas peores hay de buscarse la vida.

Más tarde, llegó el fútbol para incluir en ese juego a los ateos, que se creían a salvo de tamaña estulticia.

Y eso es todo.



teLlo Antares (Inéditos, 2008)

lunes, 10 de agosto de 2015

GASPARINO VEDETTA, Pace i Salute




Pace i Salute fue la firma que este hombre dejó a todo aquél que tuvo la oportunidad de emborracharse con él. Su rúbrica se extendía en botellas de vino o cerveza, haciendo sonar los extremos del vidrio en un brindis de paz y salud. Después, recitaba sus poemas junto al puerto o entre los cubos de basura, disputándose las metáforas con los gatos. Era limpia su mirada y tenía luz. 

En el libro de aventuras Hillabord, del escritor Edmond Gaviniés, aparece esta anécdota de Gasparino Vedetta, uno de los personajes de su obra. Gaviniés recibió correspondencia de sus lectores asegurando que conocían a ese hombre y que habían brindado con él: Pace i Salute. Las cartas decían que lo habían visto en Port-Vendrés, en Thássos, en Argel, en Kavalla. Fue tal la avalancha que el autor tuvo que aclarar a la prensa que este personaje era ficticio. 

Pasó un tiempo y Hillabord era ya una obra de éxito traducida a treinta idiomas, creciendo así el número de lectores y de cartas que aseguraban conocer a ese tal Gasparino. Entonces, el escritor recibió un sobre sin remite que contenía una pequeña libreta de notas, con las tapas mojadas, con olor a mar y una caligrafía nerviosa con historias mecidas por las olas. Algunas parecían el resultado de una terapia psiquiátrica, otras invitaban a sonreír,... tenían la firma de Gasparino Vedetta. Gaviniés quiso seguir el juego a sus lectores y contrató a un investigador para dilucidar si la letra pertenecía realmente a Vedetta. La investigación, que duró un año, no dio resultados definitivos, claro, y la libreta quedó en poder del autor de Hillabord como un regalo de sus admiradores... hasta que se presentó en su casa Gasparino Vedetta, el verdadero, el marinero que le envió esos versos y que brindaba en italiano y que era argelino y que escribía en español y que navegó por el laberinto del Egeo y que entre risas acusó al escritor de plagiar su propia vida y que aquello había que celebrarlo: Pace i Salute

Gaviniés y Gasparino fueron desde aquella borrachera como padre e hijo, o viceversa. El escritor hizo saber al mundo que su personaje había nacido antes de que él lo creara en su cabeza, como suele ocurrir siempre; que aquel hombre era un loco maravilloso que escribía algo así como poesía narrativa mojada por el agua del mar, destilada en burdeles donde imaginar otras vidas, salpicada por sus miedos y monstruos. Dijo que algunos de sus lectores habían tenido la oportunidad de conocer al verdadero Gasparino, mientras él apenas acertó a inventarlo. 

A la muerte de Edmond Gaviniés, el misterioso Vedetta optó por desaparecer sin dejar rastro. Ésta es una selección de relatos de su hasta ahora inédita Libreta de notas mojada. El manuscrito original está en poder de uno de los personajes secundarios de Hillabord que apareció después: Vicente Llorente. O sea, yo.


(De mi libro B.A.R.; Breve Antología de Rescatados. Ed. Cartonerita Niñabonita, 2010)

martes, 30 de diciembre de 2014

CRÓNICAS DE ARJULETE

Pedro Pómez era vecino de Arjulete. Su padre ostentaba el cargo de procurador en El Consistorio. Era el típico empleado al que sus superiores le decían una y otra vez: “¡procura llegar a tu hora! ¡procura escribir sin faltas de ortodoncia! ¡procura lavarte!”
El Consistorio era una cadena de embalaje que pretendía funcionar como multinacional. De momento sólo tenían la central, pero la idea del gerente de la empresa era expandirse. Contaban con un problema sustancial, ya que no embalaban nada, pero los expertos consultados les decían que de seguir así, pronto llegarían hasta Arjulete nuevas firmas que dinamizarían el mercado y necesitarían embalar algo. Las cajas -todo hay que decirlo- quedaban perfectas. El padre de Pedro ponía las etiquetas, o sea, que no trabajaba mucho. Un día de asueto laboral, mientras miraba con sus prismáticos al quiosco de la Emilia, leyó en un periódico que el consistorio de Levantilla preparaba sus fiestas mayores y que iría a tocar allí  el increíble Capotas Yois. Tal fue su sorpresa que, en un arranque impropio de un procurador como él, gritó:
-¡Virgen santa!
-Procura callarte -dijo el gerente en voz baja, con tono de espectivo.
-Señor Paco, ¿ha leído hoy el periódico? ¡hablan de nosotros!

El padre de Pedro informó acerca del consistorio de Levantilla al señor Paco, que decía que no tenía noticias de la expansión de su propia empresa. Mientras llamaba a sus asesores, el señor Paco sonreía pensando: “¡fíjate, y eso que no tenemos con qué llenar las cajas!”.
Por fin contactó con Tremencio Asesores y le explicaron que consistorio era ayuntamiento, y que por eso mismo el Consejo Nacional de Consistorios acababa de ponerles una denuncia por usar el nombre de un bien público o algo así. El señor Paco pidió cuentas a Tremencio Asesores, ya que llevaban utilizando ese nombre desde la fundación de la empresa, hacía más o menos tres semanas. Entonces, el mismísimo Tremencio le dijo que ellos se acababan de enterar en ese momento que consistorio era ayuntamiento y además, a modo personal, le confesó también que su hija estaba embarazada otra vez y que el padre no se hacía cargo en su cuenta...
Se avecinaba una tormenta en la frágil y precaria industria Arjuletense. El señor Paco no daba su brazo a morder y se negaba a ser padrino de una madre soltera. Además, tenía un juicio en ciernes y en viernes.  Sus asesores le dieron una posible solución: para ganar tiempo, casaron a la hija de Tremencio con Alejo, el bedel de El Consistorio, que era viudo y tenía fama de hombre tranquilo y trabajador. Llevaba tres semanas en la puerta sin moverse, con lluvia, frío, sol,... y noventa años recién cumplidos. Era digno de almíbar.
También para ganar tiempo, pusieron una denuncia al Consejo Nacional de Consistorios por usar Nacional, ya que era una palabra que ya habían usado otros como El Himno Nacional, Inter Nacional, etecé.
Así y todo, la denuncia no proesperó. El juez dijo que Nacional no era una palabra en sí, sino la suma de dos palabras: Nación y Al, que venía del árabe y allí sí que se podía usar porque no estaba patestado. Después de una larga lucha judicial que duró más de diez minutos, el caso se cerró y tuvieron que ir las partes al todo otro día. La sentencia era clara: doce mil leuros para la empresa del señor Paco, por utilizar un nombre que quería decir otra cosa. Así testicularmente venía impreso.
El señor Paco entró en una profunda de presión. Ya no iba a la cadena de embalaje, más que nada porque la habían cerrado, pero también porque los hechos le habían calado jondo. Paseaba sin rumbo por los parques de Arjulete cantando: “¡procura olvidarme, la layrá, haciendo en el día mil cosas distintas!”, de ambulaba por las obras donde había pintores gritando: “¡procura embadurnarme!” y ellos lo hacían, porque el señor Paco era cocido por todos los habitantes de Arjulete, y lo querían.
También le afectó mucho la muerte de Alejo, el bedel de El Consistorio. El día de su boda no dijo sí quiero pero los casaron porque pensaron que estaba dormido, después de trabajar sin descanso durante tres semanas. Esa misma noche su joven mujer, la hija de Tremencio, dijo: “¡este está muerto!”, mientras le quitaba los pantalones de pana.
A todo esto, el padre de Pedro Pómez se había quedado en amparo. Fue al IMEN a ver si habían encontrado algo de trabajo y le dijeron que su nombre no figuraba inscrito. Él dijo que eso era impasible porque se apuntó el mismo día que cerraron El Consistorio. Le comentaron que eso sería porque aquél día era fiesta, pero que él tenía que apuntarse en el IMEN y no en el consistorio... total, que se quedó sin decir esta boca de quién es. Ya se marchitaba cabizalto a casa cuando se encontró con el señor Paco, que gritaba: “¡procura alejarte!”. El padre de Pedro Pómez le extendió una mano y el señor Paco se la leyó y se fue.
Época fatidíca para la vida en Arjulete. Los comercios de la Calle Mayor y única del pueblo habían cerrado en protesta por el abuso excesivo de los derechos de Actor y el ayuntamiento había declarado non grata la palabra consistorio, en consideración al cierre de la cadena de embalaje. Así que cerraron también el ayuntamiento, no sin antes tomarse unos días de vacaciones. La Emilia cerró su quiosco sine díe y el vendedor ambulante dejó de tocar la armónica de juguete sine cuánum. En la puerta del colegio Emilio Estelar pusieron una pancarta que decía: “No al cierre de El Consistorio. Todos somos El Consistorio. Yo soy El Consistorio. Tú eres El Consistorio. Él es El Consistorio. Nosotros somos El Consistorio. Vosotros sois El Consistorio y Ellos son los que nos han obligado a escribir esto en horas extraestelares”.
La pancarta ocupaba gran parte del colegio y de la huerta ahí yacente del tío Poncio, que se enfadó mucho mucho hasta que le salieron brotes de soja por los ojos, pero luego lo entendió y se calmolizó
Fue entonces cuando el padre de Pedro Pómez tuvo una idea para ayudar al señor Paco, que al fin y al caso había sido procurador de él. Fue algo sin premediar y un poco a la liguera, pero pensó que debía tomar cartas en el presunto. El dieciocho de septiembre de aquél año, subió a la montaña más alta de Arjulete y plantó una bandera que él mismo había confeccionado pintando las sábanas del ajuar de su hijo Pedro Pómez, que con esa cara no se iba a casar nunca -decía él-, y en un grito desjarrador, dio paso a la historia con estas palabras: “¡Yo, padre de Pedro Pómez, procurador a más señal, doy por proclamada la independencia de Nuevo Arjulete! ¡conciudadanos, arriba!”, con tan mala fortuna que eran las cinco de la mañana y sólo un perro que pasó por allí dijo miau. Es por ello que tuvo que repetirlo a las dos de la tarde antes de la siesta para que los habitantes se enteraran de su independencia y vociferaran en tremenda algazara por las calles hasta llegar con la bandera al centro recreativo, desde aquel día sede del gobierno central del estado de Nuevo Arjulete.
Las primeras medidas tomadas por el gobierno, elegido por votación popular y encabezado por el propio padre de Pedro Pómez, fue abrir El Consistorio. Entonces, por error, los empleados del ayuntamiento fueron a seguir con su trabajo, pero alguien les dijo que aquello iba a ser ahora una farmacia, y ellos dijeron que vale, porque estaban acostumbrados a tratar con el público, y así pasaron a servir ungüentos y pomadas para la tos. Una vez abierto El Consistorio, el de verdad, el señor Paco volvió a su despacho de gerente, aunque todo el proceso judicial le había trastocado un poco. Andaba siempre hablando solo y gritando no sé qué de un procurador, pero como seguían embalando cajas vacías, pues lo que era la gerencia la llevaba bien el hombre.
De esta manera limpiaron los habitantes de Arjulete su honor hasta que, pasados unos felices años de convivencia fraternal, el lechero -que se llamaba Pascual- creó su propia empresa multinacional para llevar leche a otros países como Levantilla o Pedrales de Luna. Entonces, el señor Paco le puso una denuncia por competencia desleal: “Siendo del mismo país no puedes hacerme esto, Pascual. ¡Yo fui el primero en levantar la industria Arjuletense! ¡procura que no te pille!”.
La denuncia no fue a mayores, porque al nuevo gobierno se le había olvidado crear un cuerpo judicial en Nuevo Arjulete. De esta manera, tampoco se enteraron nunca que seguían perteneciendo al mismo país que antes, porque el gobierno central no conocía sus pretensiones independentistas.
Pese a todo, los disturbios y economatos de incendio provocados por los más radiales dio origen a otro nuevo estado que se dio en llamar Pascual Independiente, integrado por los familiares del lechero y una señora mayor que pasaba allí los veranos: “Yo es que le compro siempre a Pascual y ahora, porque tenga un país no voy a dejar de comprarle...”.
A pesar de las peleas normales entre países vecinos, nunca llegó la sangre al Nilo. Tuvieron un dilema cuando vieron que sólo había una iglesia, pero ahí Pascual se portó bien: “Vale. Pascual Independiente se declara aconfesional y es más, ¡atea y sacabao!”. Así llegaron al entendimiento y el cura de Santa Tachán pudo seguir con sus emilías.
Y el escurrir de los días devolvió la paz a ambos países, hasta que la Emilia se acordó que tenía el quiosco cerrado ya dos meses y que igual alguien necesitaba tabaco o el periódico para cuando vas al lavabo y tardas mucho. Así que abrió de nuevo su comercio, pero con nuevos aires y al amparo de lo que había experimentado en su corta vida de independencia. Puso un cartel donde se leía: “Quioscolovaquia, República Federal. Todo a cien, menos las revistas para adultos que son gratis”.
Así consiguió que muchos varones pidieran la nacionalidad Quioscolovaca. Prácticamente, Nuevo Arjulete y Pascual Independiente se quedaron sin hombres y comenzó la debacle para la prosperidad de ambas naciones, impulsando el crecimiento de Quioscolovaquia, donde había trabajando dos mil jóvenes en las inmediaciones del quiosco de la Emilia, que no pudo con tal avalancha y subió rápidamente la tasa de amparo, pero como en ese país no había oficina del IMEN porque no cabía, pues nada, todos a la economía sumergida.
El padre de Pedro Pómez, como procurador de Nuevo Arjulete, convocó una reunión de todas las fuerzas vivas de su país: “He visto cómo nuestros hijos, incluso el mío, ¡malhaya!, se han marchado al extranjero a trabajar. No hemos sabido darles una educación y un sustento en su propio país y ahora se ven a bocados al destierro, al ex ilio. Es por ello y por no vaya a ser de que, me propongo crear un nuevo estado libre con mi familia, en mi casa, con moneda propia y un botijo con agua fresca para pedirle a mi hijo, sin vergüenza, que vuelva a casa... snif... ¡a su casa!”.
Quizás era tarde ya para lamentarse, porque Pedro Pómez tenía la mayor colección de revistas pornográficas del país quioscolovaco y parecía que quería seguir sumando, pero el hecho fue que el procurador hizo las bases para crear un nuevo estado que llegó varias semanas después: “Casa del Padre de Pedro Pómez, País Libre con Vistas”.
Al mes siguiente ya estaba en curso la moneda oficial -el casapadrepedropómez- que valía en el momento de salida dos gallinas y media. Luego vieron que no necesitaban moneda, porque eran cuatro y además de la misma familia. Normalmente, salvo al abuelo, dejaban fiao.
Pero éste aquí que Pedro Pómez no volvía a su casa, pese a que su padre le había hecho un país para él. No estaba por la babor. En Quioscolovaquia tenía lo que necesitaba y ya había hecho una familia: penthouse, private, Hustler,...
No obstruyante, y como tozurdo animal que era el padre de Pedro Pómez, organizó una visita oficial al país vecino con la intención de entablar relaciones comerciales y, a la postrera, traerse a su hijo de vuelta. La agenda del alto mandatario estaba muy apretada: a las diez de la mañana recepción oficial de la primera ministra Quioscolovaca a las puertas de su quiosco-país, y a las once partida de dominó internacional, con representación de ambas naciones y sin ganador oficial, pues no acababan de ver claro que el Ricardo tuviera tres fichas blancas dobles. Para evitar conflictos, los organizadores declararon la final en tablas, ante la protesta un ánime de toda la comunidad dominera que allí se concretó, y que eran dos.
A la hora del almuerzo en el recinto oficial acotado a tal defecto en las postrimerías del quiosco de la Emilia, por fin llegó el momento que esperaba el padre de Pedro Pómez. Su hijo se mostró esquilo toda la jornada pero cuando aquél le pidió pan, éste de aquí no pudo negárselo:
-Tome, Padre
-¡Hijo, por fin me hablas!
-Sí, es que creo que tenía usted razón. ¿Dónde iba yoastar mejor que en mi casa, ahora que por fin entendieron que son mayores y deben independizarse?
-Claro, hijo, ¿Cuándo vuelves con nosotros?
-No, no me entendió. Madre y usted cuentan con todo un porvenir y deben hacer su camino. Busquen un piso, que ahora hay muchas ayudas para la OPEP.
-¿Dime?
-Organización de Países Expositores de Petanca.
-¡Si nosotros no pertenecemos a eso!
-¡Pues haberse apuntao, que Quioscolovaquia fue la pro motora!
-¡Vástago des aprensivo!

Total, que allí se armó un con dios que requirió la intervención de las fuerzas vivas de la República Federal Quioscolovaca, o sea, el Julián y el Andrés, que estaban tan tranquilos tomando el sol con la boca abierta en el parque que había entre los periódicos del quiosco-país. Se llevaron presos a Pedro Pómez y a su padre y los metieron en la jaula del periquito de la Emilia -al lado de los Chupa Chups y los Sugus- pero sólo la cabeza porque no cabían, así que pudieron escaparse en un descuido del alcaucil y se llegaron hasta Casa del Padre de Pedro Pómez, País Libre con Vistas.
La familia de Pedro le abrazó acogiéndolo de nuevo en su lecho y prodigándole toda suerte de mimos y melindres, pero él se sentía extranjero en su antigua casa, máxime cuando a su padre le dio por inculcarle los valores del refranero y las frases hechas como forma de aprendizaje. Con ello posiblemente pretendía subsanar los errores educativos del pasado para con su hijo. Sobre protección, le llaman algunos.
Así por ejemplo, cuando Pedro Pómez estaba desayunando su padre le decía:
-¡Por hache o por bébetelo todo, eh!
-¡Padre, no sé si advierte usted que tengo ya treinta años!
-Así es, hijo mío. El calcio hace las veces de reparador de huesos. ¡Y no me hables así, que no hay mal que ni te cases ni te embarques! ¡Te he dicho mil veces que ciento volando y no hay dos sin tres tristes tigres mejor pedir que vivir de rodillas!

Desde luego aquél país no era para él. Tenía la tensión alta –hasta las orejas- y, para más inring, no contaba ya con su excelente colección de revistas pornográficas, algunas de las cuales tenían cedes de regalo para PC y no le había dado tiempo de llevarlos al susodicho Partido Comunista.
Lo que pasó después era algo que se veía Ben-Hur. Una noche intentó descolocarse por la ventana pero su padre lo pilló in fragata y lo metió en el calabozo de Casa del Padre de Pedro Pómez. Allí, en un agujero de dos por dos -mientras intentaba recordar la tabla de multiplicar-, vivió los peores momentos de su vida y acumuló el odio suficiente para acometer su fatal empresa. Después de dos horas preguntándose dos por dos igual a qué, se dedicó a abrir un florete en la pared suficientemente grande como para escapar, pero contaba con una gran cabeza y casi queda atrapado consigo mismo en tal torpe postura.
El padre de Pedro Pómez se hallaba a escasos metros pensando ojos que no ven mierda que pisas mientras daba de comer a Avelino, el cerdo de los Martínez, que se habían marchado al extranjero a comprar el pan. Avelino vio la cabeza de Pedro y soltó un aullido del tipo: “¡Jon ki tonk!”, que alarmó al padre de Pedro Pómez y lo puso sobre al piso. Total, que vio a su hijo con la cabeza atorada en el muro del calabozo, que antes fue la cuadra, a más señal.
Como procurador, fue un hombre que procuró siempre pensar las cosas tres veces, pero nunca lo consiguió. No estante, tuvo la endereza suficiente para no encerrar a su propio hijo de nuevo en aquella pocilga, bueno cuadra. Así que le propuso firmar la paz definitivamente con un pacto, no sin antes soltar una retahíla de refranes y frases hechas que provocaron en Pedro una exaltación, entrando en estado de choc o late.

Hoy en día, si el caminar les trae por estas tierras, casi yermas e infacundas, pueden visitar de primera mano la nueva concepción territorial de todos los países que aquí se hallan. Dejando a un helado Levantilla y otras naciones de constitución más tardía, el mapa se conforma así: Nuevo Arjulete, dentro del cual se ubica Pascual Independiente, Quioscolovaquia y Casa del Padre de Pedro Pómez, fraccionada a su vez en dos: Casa del Padre Por Un Lado y Casa de Pedro Pómez, o Casa de Arriba y Casa de Abajo.
           La situación en esta desunión de países es cuando menos insólita, en tanto en canto se diría que estamos hablando de se cesión o se gregación con más yúsculas.  Y es que Pascual Independiente ha creado otro país interno, dependiente del central, llamado Productos Pascual, que se encuentra en la misma situación que aquella de El Consistorio: Tiene más denuncias que un camello pase por un aljibe. Quioscolovaquia sigue atrayendo a jóvenes varones, sobre todo los meses de mayo, cuando celebran su Congreso Anual de Prensa Subida de Tono, que llega hasta un Do sobreagudo de pecho, de mucho pecho diría yo. En Casa del Padre Por Un Lado tienen la tasa más alta de producción de huevos en extinción, con dos gallinas y un gallo clueco a punto de parecer. El caso de Casa de Pedro Pómez se ha con vertido en pre ocupante y cuartomundista, ya que, además de tener la extensión de un cuarto, cuenta con la más baja tasa de natalidad o posibilidad de nacimientos, y –lo que es peor- la más alta en incendios y pobreza, ya que el único habitante del país, Pedro Pómez, calienta la comida en un brasero y cuando prueba con la cuchara de madera para ver si está buena, sopla muy fuerte dada su comprensión atlética y provoca incendios. Además, se derrama la comida, por lo que come poco y mal, como la mayoría de jóvenes que se independizan hoy en día.


Eso le diría su propia madre, si se hablara con extranjeros. 


Del libro B.A.R. (Breve Antología de Rescatados) 
Editorial: Cartonerita Niñabonita. Zaragoza, 2010.
Autor: Vicente Llorente.
Ejemplares únicos en cartón se pueden conseguir Aquí

viernes, 1 de abril de 2011

IGUALES, IGUALES

En Mayo del 93, siglo pasado, estuve en Madrid con Tigre y Guerrero en lo que iba a ser un viaje cultural. El trío de pájaros salía del nido por primera vez, en libertad teenager rumbo a lo desconocido. Yo, de entrada, perdí el tren. Normal, no me había levantado a las seis de la mañana en mi vida. Llegué a la capital siete horas más tarde y allí estaba el dúo dinámico esperándome: Guerrero (que por aquél entonces era una especie de señora con gafas y pelo alborotado, hecha la permanente natural, imagen vintage ya en esos tiempos) y Tigre, máquina de humor de pupitre que era, cuando quería, un pedazo de pan (duro). Inseparables, triángulo de amistad a prueba de olvido. De Tigre no sé nada, creo que es periodista. A Guerrero todavía lo tengo que aguantar cada semana. Trabajamos juntos en eso que se ha dado en llamar “La buena vida”.

Una vez hechas las pertinentes aclaraciones en defensa de mi persona, invité a la primera ronda (para mí, ellos ya estaban en la fase miracómoestáesatía) y en un mapa trazamos lo que di en llamar Vamosaquemarmadriz.

El cartel inicial era prometedor: Museo Reina Sofía, Antonio López. Casi ná.

Nos faltaba la jaula en un brazo y la gallina en el otro, con caras de joderquébueno y el típico tópico pareceunafoto. Subnormales profundos y provincianos parecíamos. Los lavabos a lápiz de Antonio López me dieron ganas de mear, aflojándoseme el esfínter ante tal mayordomía artística.

Aquello era realismo, sí, pero la cruel realidad nos aplastaría con una ausencia de témperas en el primer piso. Y es que a pie de obras (grandes obras) habían reservado los bajos para una exposición antológica de un gran artista vivo: se trataba de cuadros no ya a medio hacer, sino directamente en blanco. Blanco, otro blanco, otro con un marco en blanco. Dicen que el artista había pintado las paredes de blanco también, para acondicionar su gran sala en la que colgaría sus fetos blancos. Blanco sobre blanco. Y tiro porque me toca. Venía de la Tate Modern y había traído su blancura a Madrid, para que aprendiera el tal Antonio López.

Los tres por allí deambulando, imagínate el plan: Una risa castrada por allí, un tirar de mano para acallar el grito por allá, los tres buscando un cuadro con algo más que el forro del marco blanco, intentando desviar la mirada de aquél caos de leche, y en esas que vemos a un buen hombre de pie, con las manos a la espalda (era para haberlo esposado, desde luego) frente a un gran cuadro blanco. Absorto. En blanco. Buscando eso que sin duda no iba a ver nunca, o que, en su éxtasis de blanca coca, veía a colores. Si te pasa a ti, ¿qué haces? No sé, pero nosotros nos tiramos al suelo en decúbito prono y sonora carcajada, reptando hacia la salida. No hizo falta porque la de seguridad nos llamó la atención (como los cuadros) y nos hizo salir. Cosa mala, la albacea de arte.

Igual otro día os comento la juerga posterior en los sótanos de Argüelles. Esa que di en llamar Vamosaquemarmadriz. ¿Te acuerdas? Pues yo no. A las doce estaba en el taxi, de vuelta al hotel, con el pobre taxista pidiéndome que sacara la cabeza del coche por si me sobrevenía otro éxito de Arcade. Cuando eres joven, no es que seas inconsciente (que también) sino que no te reconoces si no estás inconsciente. Ah, batallitas del siglo pasado.

Todo esto te lo cuento porque todavía hoy no puedo asegurar que los cuadros en blanco de Robert Ryman sean auténticos originales. De hecho, he visto miles de ellos en las tiendas de pintura. Iguales, iguales.

lunes, 28 de marzo de 2011

Caer en La Red

Hechos sorprendentes vienen definiendo mi quehacer como teclista diario sobre portátil. Al parecer, la falta de aire y el lento goteo de ruidos y ventiladores que centrifugan me van turbando mientras busco el punto final con la exasperante maniobra del que machaca a un insecto alojado en la hache e insiste hh e insiste hhhh hhhasta que se desmayakfghjrtywrthwij b

Al rato, levanto la cabeza y no recuerdo nada. Frente a mí, la imagen de lo que parece ser una hoja flotando en fondo gris, con ventanas donde leo Times New Roman y 12 y Normal. Mi cabeza arde, y el portátil también, a juzgar por los ruidos que genera el tibio vibrar del armazón negro que protege pantalla y teclas. O esto está a punto de despegar, o me llaman al móvil, o reinicio… pero no tengo tiempo que perder (eso debió pensar el que inventó esta silla partespaldas) y actúo en consecuencia, efecto contagio, dedo tras dedo, pieza que cae sobre pieza que cae sobre pieza que… y me vuelvo a dormir, pero esta vez con la sensación de estar en una nube. Sueño que busco datos relevantes que me permitan dilucidar las ventajas de la Venta Fría y me aparecen aproximadamente 5.830.000 resultados en 0,07 segundos. Es brutal la rapidez e información que puedes conseguir hoy en día con un portátil, internet y dos días sin dormir como te mereces, amén de ondas y otros residuos aéreos que te ponen el cerebro en ebullición. Obviando este déficit, en mi sueño encuentro buenas razones para empezar negocios puerta a puerta o tienda virtual a tienda virtual, para generar unos ingresos que me permitan seguir soñando en que un día vuelvan a su lugar mis hombros caídos en la red de redes, paradoja del vacío más profundo, hueco sin ascensor, cascada… ¡Cascada! ¡Ahora lo recuerdo! ¡Eso es lo que estaba buscando en internet!

jueves, 2 de diciembre de 2010

Nuevo Libro

B.A.R., Vicente Llorente

Con portadas a mano (no hay dos iguales) acaba de salir al mercado cartonero mi nuevo libro, o librico: B.A.R. (Breve Antología de Rescatados) en la editorial Cartonerita Niñabonita, con David Giménez al frente.

Aquí se puede leer una breve reseña de Luis Felipe Alegre.
Y aquí otra de Octavio Gómez Milián.

lunes, 11 de octubre de 2010

Inmensamente, Llorendal

Foto: Vicente Llorente

Es un parpadeo la vida. También lo es el baile orquestado de estas luces que anuncian el mayor y más grande espectáculo del mundo. El más difícil todavía. La ilusión, no exenta de cierto patetismo, del circo que agoniza. Bajo la carpa, en la pista central (y única) giran y saltan cuerpos perfectos en una orgía de polvo y boca abierta, con gradas vacías que ocupan ojos húmedos y brillantes como las luces que gotean en la puerta. Los animales exóticos de otros tiempos, la última cabriola del oso enfermo, el aspaviento funámbulo y servil del camello, el cocodrilo y otros actores de los documentales de televisión, se perderán en el barrizal donde el circo clásico quedó atrapado. Soy consciente de estar presenciando el más difícil todavía por última vez. Y no conozco mejor y más digna metáfora de la vida que este oficio. Por eso llevé a mi hijo, precisamente hoy, al mayor y más grande espectáculo del mundo. Por eso, y porque quiere ser payaso. Ya ejerce en casa haciéndome reír con sus gestos. Soy la red de sus falsas caídas al vacío, de su salto no mortal (no, por favor, una tregua pido), de su deambular pequeño por el pasillo y su mágica luz de tres años.

Él es un circo. Salta a la vista. Por eso, sabiendo que un día caeremos definitivamente, sabiendo todos que esa es nuestra certeza, no dejamos de saltar a la vida. Por eso fuimos, precisamente hoy, al mayor y más grande espectáculo del mundo. Hoy, a tres días de la muerte de mi padre, he comido palomitas de maíz con mi hijo y su baile de ojos saltimbanquis: espejos rotos de payasos que, para evitar castigo o preservar recuerdos, imitan el reflejo al otro lado.




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Pajarita con billete bus, Llorendal.





 

 


Silla madera y trenzado piel, Llorendal








Esterilla de esparto, Llorendal


Acróstico-soneto sobre corteza de chopo, Llorendal
José Llorente Vidal,
Llorendal
(1931-2010)

viernes, 18 de junio de 2010

N13




Mi buena relación con Barcelona se puede resumir en un bus nocturno y de número supersticioso, con pasajeros pálidos y etílicos con los que volvía a casa después de una farra (siempre sobrio) o de mis clases de violín que acababan en la rambla junto a algún colega de oficio con el que despotricar contra alumnos, padres y jefes. El barrio chino, siempre tan acogedor y seguro (y no digo esto con ironía) podía proporcionarte, en una misma noche, imágenes pictóricas del parís del Pastís, una cerveza en plena calle frente al mostrador/escaparate o el dulce olor de una diosa entrando en el garito de persianas cerradas, que abría a nuestra distinguida presencia un hombre que me recordaba a Charles Aznavour.

Nunca se repetían las caras en el N13, a excepción de los conductores y una señora con gafas como lupas y aspecto contrahecho y triste. A cualquier hora, cualquier día (incluso un martes) en el que la inercia me llevara al bus de la buena suerte, ella subía en Plaza España con su pelo de aluminio y el poso que dejan las huellas de tanto tiempo que pasa, sin vida. Era mi ángel protector. O Nacha Guevara en El lado oscuro del corazón, tanto da: Algunas noches no volvía solo y dos piernas livianas y de verano sobre las mías buscaban luego acomodo entre besos y cucarachas libres de alquiler.

A esa fauna, religiosamente, he vuelto en mi última estancia. Este viernes, después de tocar en un Club Vip de la Diagonal me fui al barrio: allí estaba Charles Aznavour abriéndome las puertas del paraíso. Todo en su sitio. Todo igual. Es decir, desordenado.

Y a la hora de retirarme, tentado estuve de subir al N13 (¿La veré en Plaza España?). Pero nadie me espera en mi antigua casa. Nadie, salvo esa idea de libertad destemplada y purgativa, la no acción de la tristeza, el rotor del semáforo en la madrugada.

Espero que alguien haga algo con esas cucarachas.

viernes, 5 de marzo de 2010

Por la calle de Zelmar




Hice una canción a esta calle, sin haberla conocido. Ahora estoy en ella. Hay un teatro. Para ser como me la imaginé le faltaría un burdel, cortinas rojas y al menos una prostituta semivestida, leyendo un libro de poemas. Por lo demás, cubre sobradamente mis expectativas. Todo en Montevideo supera mi ficción, basada en hechos reales, cuando escribí:
Y allá
en las tristes aceras donde aparca el olvido
la luna, gigante de espuma, se cubre de oro
recién nacido. Mientras, ella, fumando mate
de amor florecido guarda,
además de unas copas mecidas por los tangos
y un crucifijo,
aquél libro de poemas que lee
bajo el mismo baño de sangre
cada noche,
hasta que la mentira da un portazo
con el alba
y una estrella
perdida
le devuelve su sombra:
Aquella que esperaba
su vuelta al doblar
la esquina.
No encuentro mejor manera de bailar las penas que hacer canciones. Rubén Blades dice en una: “cada pueblo tiene por lo menos un loco”. La calle de Zelmar también tiene el suyo. Un hombre con barba, medio calvo, una cifosis considerable, caminando a base de estertores eléctricos. Apoya su hombro en la ventana del bar San Rafael. Cada poco, se da la vuelta como si alguien lo llamara. Vuelve a su posición con los brazos detrás de la espalda, sujetando con una mano la muñeca de la otra.

He pasado toda la tarde con un café con leche y un helado de chocolate, observando sus movimientos. Cuando los clientes de la terraza se marchaban, tomaba el plato de las propinas y lo vaciaba en su bolsillo, bajo la mirada de los camareros, que reían. Deben conocerse desde hace mucho. Además, estos camareros son de oficio. Ya no se ven así en España.

Ya está anocheciendo en el verano austral donde las estrellas no son las mismas que vemos en la vieja Europa. Pero los locos, por suerte, son universales.

En la puerta del Hotel Balfer espera que un cliente le de la cena envuelta en papel. Se sienta en un portal (sospecho que es su salón) y deglute con aspavientos. Luego tira el papel a la basura y sigue moviéndose por su calle, guardando que todos los rincones sigan en su sitio.

No he podido averiguar su nombre. ¡Qué más da! Lo define mejor el hecho de sentirse libre en su locura, como el que deambulaba por la plaza de Cinema Paradiso o aquél que escribe sus poemas desde el manicomio de Gran Canaria: otro mito discretísimo -que diría Hortensia- como Zelmar o Mario, cuya locura salvará (si no lo ha hecho ya) el mundo.


Montevideo, 27 febrero 2009.
Bar San Rafael