Ya me lo decía mi madre: Ay, hijo mío... ¿Y qué será lo próximo?

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lunes, 14 de agosto de 2017

El desertor profesional

El libro de Bardagí, con mi punto de lectura


Pere Bardagí es un señor esbelto que hace cosas para el reír suyo, mientras pasa la vida tocando muy bien el violín en todos los discos que van apareciendo en España y otras pedanías, con artistas de diferentes estilos de peinado, como este o este. También es compositor contemporáneo como escucharás aquí y hace otras cosas como cocinar paellas y doblaje de vídeos y todo ello queda escrito en este libro que parece ficción -porque la realidad es muy aburrida si tienes miedo de hacerla divertida- pero no lo es.

El desertor profesional (Ed. Sloper, 2010) es un título excelente porque juega con el doble sentido (de profesión, desertor o el que va abandonando todas las profesiones) y define muy bien la propia historia del autor. Los músicos entendemos este libro pero todavía será más sorprendente para los que no lo son, porque además de reírte con sus aventuras, podrás desmitificar nuestra profesión y ver "la otra cara".

Me identifico y reconozco en el libro. Yo hacía estos puntos de lectura para mis conciertos como cantautor en Barcelona. Aprovechando mi anonimato -en el que sigo inmerso- me hacía gracia presentarme como el violinista acompañante de Vicente Llorente y hablar mal de él mientras esperábamos todos a que por fin llegara. La única referencia que tenían era este punto de lectura. Por supuesto, Vicente Llorente no llegaba nunca a la actuación, que terminaba con un tema latino interpretado con el violín y todos cantando "Esto es diferente sin Vicente Llorente", con algarabía y jolgorio liberador.


Te recomiendo fervorosamente este libro y que vivas con esa filosofía. Entenderás cosas como "O se seca, o se habla con el padre". No te aburrirás.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Teresinha

Todos tenemos debilidades. La mía es la canción, la búsqueda. Cuando encuentro joyas como ésta, no puedo dejar de escucharlas. Integran mi bagaje musical y aprendo de ellas. Es una obsesión, sin duda. Durante unos días (o semanas enteras) no oigo otra cosa, aunque no esté escuchando nada. Me hablan y no estoy. Me ha pasado con todo tipo de estilos, desde Bohemian Rhapsody de Queen a Enciéndeme la luz, de Alejo Martínez y Paloma Ramírez. Eso sí: todas son obras maestras.

Teresinha pertenece a Ópera do Malandro, de Chico Buarque, con arreglos y piano de Francis Hime y la voz de Zizi Possi. Hay otras grabaciones de la canción, pero ésta es la que escuchaba hace unos años, en el tranvía, en el bus, de camino al Teatre Nacional de Catalunya, rodeado de gente en soledad, con la mirada puesta en una canción, una ciudad, unos ojos y ese juego de vivir que me sigue como un cobrador de morosos. Ya pagaré por todos estos lujos.

Porque (alguien tenía que decirlo) la vida es estupenda y tiene banda sonora.






TERESINHA – Ópera do Malandro, 1979.
(Chico Buarque)

O primeiro me chegou
como quem vem do florista
trouxe um bicho de pelúcia
trouxe um broche de ametista
me contou suas viagens
e as vantagens que ele tinha
me mostrou o seu relógio
me chamava de rainha.
Me encontrou tão desarmada
que tocou meu coração
mas não me negava nada
e, assustada, eu disse não.

O segundo me chegou
como quem chega do bar
trouxe um litro de aguardente
tão amarga de tragar
indagou o meu passado
e cheirou minha comida
vasculhou minha gaveta
me chamava de perdida.
Me encontrou tão desarmada
que arranhou meu coração
mas não me entregava nada
e, assustada, eu disse não.

O terceiro me chegou
como quem chega do nada
ele não me trouxe nada
também nada perguntou
mal sei como ele se chama
mas entendo o que ele quer
se deitou na minha cama
e me chama de mulher.
Foi chegando sorrateiro
e antes que eu dissesse não
se instalou feito um posseiro
dentro do meu coração.

---------------------------

El primero me llegó
como quien llega en conquista
trajo un oso de peluche,
trajo un broche de amatista
me contó todos sus viajes,
privilegios que tenía,
me mostró todas sus joyas,
me llamaba 'reina mía'.
Me encontró tan desarmada
que tocó mi corazón
mas no me negaba nada
y asustada dije,¡no!.

El segundo me llegó
como quien llega del bar
trajo un litro de aguardiente
tan amargo de tragar
preguntó por mi pasado
y comió de mi comida,
indagó en mis cajones,
me llamaba perdida.
Me encontró tan desarmada
que arañó mi corazón
mas no me entregaba nada
y asustada dije,¡no!.

El tercero me llegó
como quien llega de nada
pues nada me traía,
y nada preguntó
ni siquiera sé su nombre,
mas comprendo lo que quiere,
se metió pronto en mi cama
y me llama mujer.
Fue llegando despacito
y antes que dijese no
se quedó como el dueño
dentro de mi corazón.

viernes, 1 de abril de 2011

IGUALES, IGUALES

En Mayo del 93, siglo pasado, estuve en Madrid con Tigre y Guerrero en lo que iba a ser un viaje cultural. El trío de pájaros salía del nido por primera vez, en libertad teenager rumbo a lo desconocido. Yo, de entrada, perdí el tren. Normal, no me había levantado a las seis de la mañana en mi vida. Llegué a la capital siete horas más tarde y allí estaba el dúo dinámico esperándome: Guerrero (que por aquél entonces era una especie de señora con gafas y pelo alborotado, hecha la permanente natural, imagen vintage ya en esos tiempos) y Tigre, máquina de humor de pupitre que era, cuando quería, un pedazo de pan (duro). Inseparables, triángulo de amistad a prueba de olvido. De Tigre no sé nada, creo que es periodista. A Guerrero todavía lo tengo que aguantar cada semana. Trabajamos juntos en eso que se ha dado en llamar “La buena vida”.

Una vez hechas las pertinentes aclaraciones en defensa de mi persona, invité a la primera ronda (para mí, ellos ya estaban en la fase miracómoestáesatía) y en un mapa trazamos lo que di en llamar Vamosaquemarmadriz.

El cartel inicial era prometedor: Museo Reina Sofía, Antonio López. Casi ná.

Nos faltaba la jaula en un brazo y la gallina en el otro, con caras de joderquébueno y el típico tópico pareceunafoto. Subnormales profundos y provincianos parecíamos. Los lavabos a lápiz de Antonio López me dieron ganas de mear, aflojándoseme el esfínter ante tal mayordomía artística.

Aquello era realismo, sí, pero la cruel realidad nos aplastaría con una ausencia de témperas en el primer piso. Y es que a pie de obras (grandes obras) habían reservado los bajos para una exposición antológica de un gran artista vivo: se trataba de cuadros no ya a medio hacer, sino directamente en blanco. Blanco, otro blanco, otro con un marco en blanco. Dicen que el artista había pintado las paredes de blanco también, para acondicionar su gran sala en la que colgaría sus fetos blancos. Blanco sobre blanco. Y tiro porque me toca. Venía de la Tate Modern y había traído su blancura a Madrid, para que aprendiera el tal Antonio López.

Los tres por allí deambulando, imagínate el plan: Una risa castrada por allí, un tirar de mano para acallar el grito por allá, los tres buscando un cuadro con algo más que el forro del marco blanco, intentando desviar la mirada de aquél caos de leche, y en esas que vemos a un buen hombre de pie, con las manos a la espalda (era para haberlo esposado, desde luego) frente a un gran cuadro blanco. Absorto. En blanco. Buscando eso que sin duda no iba a ver nunca, o que, en su éxtasis de blanca coca, veía a colores. Si te pasa a ti, ¿qué haces? No sé, pero nosotros nos tiramos al suelo en decúbito prono y sonora carcajada, reptando hacia la salida. No hizo falta porque la de seguridad nos llamó la atención (como los cuadros) y nos hizo salir. Cosa mala, la albacea de arte.

Igual otro día os comento la juerga posterior en los sótanos de Argüelles. Esa que di en llamar Vamosaquemarmadriz. ¿Te acuerdas? Pues yo no. A las doce estaba en el taxi, de vuelta al hotel, con el pobre taxista pidiéndome que sacara la cabeza del coche por si me sobrevenía otro éxito de Arcade. Cuando eres joven, no es que seas inconsciente (que también) sino que no te reconoces si no estás inconsciente. Ah, batallitas del siglo pasado.

Todo esto te lo cuento porque todavía hoy no puedo asegurar que los cuadros en blanco de Robert Ryman sean auténticos originales. De hecho, he visto miles de ellos en las tiendas de pintura. Iguales, iguales.

viernes, 18 de junio de 2010

N13




Mi buena relación con Barcelona se puede resumir en un bus nocturno y de número supersticioso, con pasajeros pálidos y etílicos con los que volvía a casa después de una farra (siempre sobrio) o de mis clases de violín que acababan en la rambla junto a algún colega de oficio con el que despotricar contra alumnos, padres y jefes. El barrio chino, siempre tan acogedor y seguro (y no digo esto con ironía) podía proporcionarte, en una misma noche, imágenes pictóricas del parís del Pastís, una cerveza en plena calle frente al mostrador/escaparate o el dulce olor de una diosa entrando en el garito de persianas cerradas, que abría a nuestra distinguida presencia un hombre que me recordaba a Charles Aznavour.

Nunca se repetían las caras en el N13, a excepción de los conductores y una señora con gafas como lupas y aspecto contrahecho y triste. A cualquier hora, cualquier día (incluso un martes) en el que la inercia me llevara al bus de la buena suerte, ella subía en Plaza España con su pelo de aluminio y el poso que dejan las huellas de tanto tiempo que pasa, sin vida. Era mi ángel protector. O Nacha Guevara en El lado oscuro del corazón, tanto da: Algunas noches no volvía solo y dos piernas livianas y de verano sobre las mías buscaban luego acomodo entre besos y cucarachas libres de alquiler.

A esa fauna, religiosamente, he vuelto en mi última estancia. Este viernes, después de tocar en un Club Vip de la Diagonal me fui al barrio: allí estaba Charles Aznavour abriéndome las puertas del paraíso. Todo en su sitio. Todo igual. Es decir, desordenado.

Y a la hora de retirarme, tentado estuve de subir al N13 (¿La veré en Plaza España?). Pero nadie me espera en mi antigua casa. Nadie, salvo esa idea de libertad destemplada y purgativa, la no acción de la tristeza, el rotor del semáforo en la madrugada.

Espero que alguien haga algo con esas cucarachas.

domingo, 21 de diciembre de 2008

LA VIDA (10 años hace)




¿La vida?
Muchas heridas
y algún que otro cielo.

¿La calma?
Muchas derrotas
y algún que otro sueño.

A veces
las estrellas brillan
allí afuera.
Otras
las estrellas están dentro
dentro de nosotros.

Hay un camino sobre el mar
¿Todavía no has estado en él?
Hay un camino para soñar
pero
¿Cuándo habrá sueños
por caminar?

Ah, la vida:
Muchas heridas
y algún que otro cielo.

La calma:
Muchas derrotas
muchas derrotas y algún
que otro sueño
y algún que otro sueño.


(Para Javier Susarte y sus huellas)