El camino más largo. ALBUM

Ya me lo decía mi madre: Ay, hijo mío... ¿Y qué será lo próximo?

lunes, 31 de enero de 2011

Réquiem por un país mal apagado

No suelo tratar ciertos temas en mi blog. No doy explicaciones. Me gusta tenerlo limpio de política y juicios, por pura práctica de higiene, pero esto tengo que decirlo. Pido perdón a los que me leen fuera de España porque, por suerte, esta entrada no va con ellos.
No pertenezco a ningún grupúsculo reaccionario de fumadores (de momento) ni a una liga pro-muerte cuyo símbolo sea un cenicero repleto, pero no quisiera que me llamaran la atención mis enemigos por callarme. En todo caso, no puedo dejar que Papá-Estado decida cómo y cuándo debo matarme. 

Ha pasado un mes desde que entrara en vigor la nueva ley llamada Antitabaco en España. La situación actual no era el mejor marco para “imponer” una restricción en nuestros derechos de tal calibre, pero ahí está: un mes ya. Ahora, si quieres desayunar en el bar, leer el periódico y fumarte un cigarro tendrás que salir a la intemperie para hacer esto último, pero no a la puerta, porque el fumador tiene también orden de alejamiento. Abrígate.

En los bares, a las once de la noche, hay familias con niños protestando porque tienen sueño, pero los padres están ahí, aguantando, felices porque ahora pueden tomarse una coca-cola light y un agua con gas en un bar con zumos y sin humos. Luego salen a la calle y huelen mejor, sobre todo cuando cruzan el asfalto entre coches y contaminación. Ahora les toca a ellos. Porque se trata de eso, exclusivamente. La opción de respetar al distinto es inviable, al parecer. Puede haber, sin ningún problema, locales para fumadores y no fumadores. Pero no: Se trata de joder, y no donde se debiera (en el ámbito privado y con quien tú quieras) sino a plena luz de bar y acatando lo que diga el político de turno y la OMS, que tanto vela por nuestra salud y sobre todo por la de las farmacéuticas (las empresas, no las pobres expendedoras).

A todo esto, la parte interesada del sector servicios está que trina porque algunos hemos tomado la decisión de no acudir a los locales donde no se puede fumar. Y pierden dinero, claro. Un sector que lleva en su nombre la palabra “vicio” no puede darnos la espalda. Algunos lo saben. Yo acudo a los locales donde el propietario piensa y obra en consecuencia. Lugares donde, como antes de la ley, nos respetamos fumadores y no fumadores. Ahora somos ilegales, sí, pero no pusilánimes.

Si esto sigue así, no hay que ser futurólogo para intuir el final. Además, España ya tiene principios de finales. Empieza a acabarse. El país con un promedio de un bar cada 75 habitantes y 360 días de sol al año acoge las leyes de modelos europeos donde oscurece a las cuatro de la tarde y su gente se emborracha en soledad. España y su fiesta cierra hasta nueva orden por defunción, por la muerte moral de los que la habitan.

Ya podemos preparar el esfínter: La embestida no ha hecho más que empezar.

sábado, 15 de enero de 2011

DÉJAME SER

Por las mañanas intentas entrar desde el sueño a este lado. A veces, ni con dos cafés lo consigues. Y ya, para qué. Dejas ir al día y le sueltas la mano. Comes algo y te enteras por la tele que vives en un mundo de mierda. Algo sospechabas. A la tarde, si tus múltiples ocupaciones vacuas y alimenticias te lo permiten, piensas en los que no están, y ves por todos lados. Han ido vertiendo señales como piedras preciosas bajo las rocas. Te las han pintado. Tienes un mimbre lleno de ellas en casa. Y la imagen de una línea gris sobre el cuero blanco cortado a fleje. Cuentos infantiles sonando en la aguja de la memoria, que es laguna seca de alquitrán, al fin y al cabo.

No suelen herirte estas cosas, pero tampoco son motivo de euforia. No son nada, y eso es lo que te jode. Que alguien, en algún lugar, está violando tu sueño.

No has perdido este día. No tienes suerte ni para eso. Mañana le tenderás la mano, como hoy. Después, abrirás los dedos para que se marche, despacio, con la vana esperanza de que no regrese más. Y así otros tantos. Siempre iguales pero cada vez menos parecidos a eso que llaman vida.

No es una prueba. No hay nada que superar. Ya dije en algún sitio, y sonriendo, que el suicidio, si se hace bien, debe ser una experiencia irrepetible. Si decides marcharte, y ves al dios que no existe, le partes la cara de mi parte. Pero si consigues salir de ésta, y te quedas rondando la vida… quiero que sepas por qué todavía creo en el hombre. En el ser humano. En esa emoción de hambre vívida que se obstina una y otra vez en derramar esperanza, fiebre tímida, burbujeante, por los ojos.

Por esto que vas a ver, entre otras cosas, merece la pena y la alegría. Sentir. Ser.


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