El camino más largo. ALBUM

Ya me lo decía mi madre: Ay, hijo mío... ¿Y qué será lo próximo?

martes, 30 de diciembre de 2014

CRÓNICAS DE ARJULETE

Pedro Pómez era vecino de Arjulete. Su padre ostentaba el cargo de procurador en El Consistorio. Era el típico empleado al que sus superiores le decían una y otra vez: “¡procura llegar a tu hora! ¡procura escribir sin faltas de ortodoncia! ¡procura lavarte!”
El Consistorio era una cadena de embalaje que pretendía funcionar como multinacional. De momento sólo tenían la central, pero la idea del gerente de la empresa era expandirse. Contaban con un problema sustancial, ya que no embalaban nada, pero los expertos consultados les decían que de seguir así, pronto llegarían hasta Arjulete nuevas firmas que dinamizarían el mercado y necesitarían embalar algo. Las cajas -todo hay que decirlo- quedaban perfectas. El padre de Pedro ponía las etiquetas, o sea, que no trabajaba mucho. Un día de asueto laboral, mientras miraba con sus prismáticos al quiosco de la Emilia, leyó en un periódico que el consistorio de Levantilla preparaba sus fiestas mayores y que iría a tocar allí  el increíble Capotas Yois. Tal fue su sorpresa que, en un arranque impropio de un procurador como él, gritó:
-¡Virgen santa!
-Procura callarte -dijo el gerente en voz baja, con tono de espectivo.
-Señor Paco, ¿ha leído hoy el periódico? ¡hablan de nosotros!

El padre de Pedro informó acerca del consistorio de Levantilla al señor Paco, que decía que no tenía noticias de la expansión de su propia empresa. Mientras llamaba a sus asesores, el señor Paco sonreía pensando: “¡fíjate, y eso que no tenemos con qué llenar las cajas!”.
Por fin contactó con Tremencio Asesores y le explicaron que consistorio era ayuntamiento, y que por eso mismo el Consejo Nacional de Consistorios acababa de ponerles una denuncia por usar el nombre de un bien público o algo así. El señor Paco pidió cuentas a Tremencio Asesores, ya que llevaban utilizando ese nombre desde la fundación de la empresa, hacía más o menos tres semanas. Entonces, el mismísimo Tremencio le dijo que ellos se acababan de enterar en ese momento que consistorio era ayuntamiento y además, a modo personal, le confesó también que su hija estaba embarazada otra vez y que el padre no se hacía cargo en su cuenta...
Se avecinaba una tormenta en la frágil y precaria industria Arjuletense. El señor Paco no daba su brazo a morder y se negaba a ser padrino de una madre soltera. Además, tenía un juicio en ciernes y en viernes.  Sus asesores le dieron una posible solución: para ganar tiempo, casaron a la hija de Tremencio con Alejo, el bedel de El Consistorio, que era viudo y tenía fama de hombre tranquilo y trabajador. Llevaba tres semanas en la puerta sin moverse, con lluvia, frío, sol,... y noventa años recién cumplidos. Era digno de almíbar.
También para ganar tiempo, pusieron una denuncia al Consejo Nacional de Consistorios por usar Nacional, ya que era una palabra que ya habían usado otros como El Himno Nacional, Inter Nacional, etecé.
Así y todo, la denuncia no proesperó. El juez dijo que Nacional no era una palabra en sí, sino la suma de dos palabras: Nación y Al, que venía del árabe y allí sí que se podía usar porque no estaba patestado. Después de una larga lucha judicial que duró más de diez minutos, el caso se cerró y tuvieron que ir las partes al todo otro día. La sentencia era clara: doce mil leuros para la empresa del señor Paco, por utilizar un nombre que quería decir otra cosa. Así testicularmente venía impreso.
El señor Paco entró en una profunda de presión. Ya no iba a la cadena de embalaje, más que nada porque la habían cerrado, pero también porque los hechos le habían calado jondo. Paseaba sin rumbo por los parques de Arjulete cantando: “¡procura olvidarme, la layrá, haciendo en el día mil cosas distintas!”, de ambulaba por las obras donde había pintores gritando: “¡procura embadurnarme!” y ellos lo hacían, porque el señor Paco era cocido por todos los habitantes de Arjulete, y lo querían.
También le afectó mucho la muerte de Alejo, el bedel de El Consistorio. El día de su boda no dijo sí quiero pero los casaron porque pensaron que estaba dormido, después de trabajar sin descanso durante tres semanas. Esa misma noche su joven mujer, la hija de Tremencio, dijo: “¡este está muerto!”, mientras le quitaba los pantalones de pana.
A todo esto, el padre de Pedro Pómez se había quedado en amparo. Fue al IMEN a ver si habían encontrado algo de trabajo y le dijeron que su nombre no figuraba inscrito. Él dijo que eso era impasible porque se apuntó el mismo día que cerraron El Consistorio. Le comentaron que eso sería porque aquél día era fiesta, pero que él tenía que apuntarse en el IMEN y no en el consistorio... total, que se quedó sin decir esta boca de quién es. Ya se marchitaba cabizalto a casa cuando se encontró con el señor Paco, que gritaba: “¡procura alejarte!”. El padre de Pedro Pómez le extendió una mano y el señor Paco se la leyó y se fue.
Época fatidíca para la vida en Arjulete. Los comercios de la Calle Mayor y única del pueblo habían cerrado en protesta por el abuso excesivo de los derechos de Actor y el ayuntamiento había declarado non grata la palabra consistorio, en consideración al cierre de la cadena de embalaje. Así que cerraron también el ayuntamiento, no sin antes tomarse unos días de vacaciones. La Emilia cerró su quiosco sine díe y el vendedor ambulante dejó de tocar la armónica de juguete sine cuánum. En la puerta del colegio Emilio Estelar pusieron una pancarta que decía: “No al cierre de El Consistorio. Todos somos El Consistorio. Yo soy El Consistorio. Tú eres El Consistorio. Él es El Consistorio. Nosotros somos El Consistorio. Vosotros sois El Consistorio y Ellos son los que nos han obligado a escribir esto en horas extraestelares”.
La pancarta ocupaba gran parte del colegio y de la huerta ahí yacente del tío Poncio, que se enfadó mucho mucho hasta que le salieron brotes de soja por los ojos, pero luego lo entendió y se calmolizó
Fue entonces cuando el padre de Pedro Pómez tuvo una idea para ayudar al señor Paco, que al fin y al caso había sido procurador de él. Fue algo sin premediar y un poco a la liguera, pero pensó que debía tomar cartas en el presunto. El dieciocho de septiembre de aquél año, subió a la montaña más alta de Arjulete y plantó una bandera que él mismo había confeccionado pintando las sábanas del ajuar de su hijo Pedro Pómez, que con esa cara no se iba a casar nunca -decía él-, y en un grito desjarrador, dio paso a la historia con estas palabras: “¡Yo, padre de Pedro Pómez, procurador a más señal, doy por proclamada la independencia de Nuevo Arjulete! ¡conciudadanos, arriba!”, con tan mala fortuna que eran las cinco de la mañana y sólo un perro que pasó por allí dijo miau. Es por ello que tuvo que repetirlo a las dos de la tarde antes de la siesta para que los habitantes se enteraran de su independencia y vociferaran en tremenda algazara por las calles hasta llegar con la bandera al centro recreativo, desde aquel día sede del gobierno central del estado de Nuevo Arjulete.
Las primeras medidas tomadas por el gobierno, elegido por votación popular y encabezado por el propio padre de Pedro Pómez, fue abrir El Consistorio. Entonces, por error, los empleados del ayuntamiento fueron a seguir con su trabajo, pero alguien les dijo que aquello iba a ser ahora una farmacia, y ellos dijeron que vale, porque estaban acostumbrados a tratar con el público, y así pasaron a servir ungüentos y pomadas para la tos. Una vez abierto El Consistorio, el de verdad, el señor Paco volvió a su despacho de gerente, aunque todo el proceso judicial le había trastocado un poco. Andaba siempre hablando solo y gritando no sé qué de un procurador, pero como seguían embalando cajas vacías, pues lo que era la gerencia la llevaba bien el hombre.
De esta manera limpiaron los habitantes de Arjulete su honor hasta que, pasados unos felices años de convivencia fraternal, el lechero -que se llamaba Pascual- creó su propia empresa multinacional para llevar leche a otros países como Levantilla o Pedrales de Luna. Entonces, el señor Paco le puso una denuncia por competencia desleal: “Siendo del mismo país no puedes hacerme esto, Pascual. ¡Yo fui el primero en levantar la industria Arjuletense! ¡procura que no te pille!”.
La denuncia no fue a mayores, porque al nuevo gobierno se le había olvidado crear un cuerpo judicial en Nuevo Arjulete. De esta manera, tampoco se enteraron nunca que seguían perteneciendo al mismo país que antes, porque el gobierno central no conocía sus pretensiones independentistas.
Pese a todo, los disturbios y economatos de incendio provocados por los más radiales dio origen a otro nuevo estado que se dio en llamar Pascual Independiente, integrado por los familiares del lechero y una señora mayor que pasaba allí los veranos: “Yo es que le compro siempre a Pascual y ahora, porque tenga un país no voy a dejar de comprarle...”.
A pesar de las peleas normales entre países vecinos, nunca llegó la sangre al Nilo. Tuvieron un dilema cuando vieron que sólo había una iglesia, pero ahí Pascual se portó bien: “Vale. Pascual Independiente se declara aconfesional y es más, ¡atea y sacabao!”. Así llegaron al entendimiento y el cura de Santa Tachán pudo seguir con sus emilías.
Y el escurrir de los días devolvió la paz a ambos países, hasta que la Emilia se acordó que tenía el quiosco cerrado ya dos meses y que igual alguien necesitaba tabaco o el periódico para cuando vas al lavabo y tardas mucho. Así que abrió de nuevo su comercio, pero con nuevos aires y al amparo de lo que había experimentado en su corta vida de independencia. Puso un cartel donde se leía: “Quioscolovaquia, República Federal. Todo a cien, menos las revistas para adultos que son gratis”.
Así consiguió que muchos varones pidieran la nacionalidad Quioscolovaca. Prácticamente, Nuevo Arjulete y Pascual Independiente se quedaron sin hombres y comenzó la debacle para la prosperidad de ambas naciones, impulsando el crecimiento de Quioscolovaquia, donde había trabajando dos mil jóvenes en las inmediaciones del quiosco de la Emilia, que no pudo con tal avalancha y subió rápidamente la tasa de amparo, pero como en ese país no había oficina del IMEN porque no cabía, pues nada, todos a la economía sumergida.
El padre de Pedro Pómez, como procurador de Nuevo Arjulete, convocó una reunión de todas las fuerzas vivas de su país: “He visto cómo nuestros hijos, incluso el mío, ¡malhaya!, se han marchado al extranjero a trabajar. No hemos sabido darles una educación y un sustento en su propio país y ahora se ven a bocados al destierro, al ex ilio. Es por ello y por no vaya a ser de que, me propongo crear un nuevo estado libre con mi familia, en mi casa, con moneda propia y un botijo con agua fresca para pedirle a mi hijo, sin vergüenza, que vuelva a casa... snif... ¡a su casa!”.
Quizás era tarde ya para lamentarse, porque Pedro Pómez tenía la mayor colección de revistas pornográficas del país quioscolovaco y parecía que quería seguir sumando, pero el hecho fue que el procurador hizo las bases para crear un nuevo estado que llegó varias semanas después: “Casa del Padre de Pedro Pómez, País Libre con Vistas”.
Al mes siguiente ya estaba en curso la moneda oficial -el casapadrepedropómez- que valía en el momento de salida dos gallinas y media. Luego vieron que no necesitaban moneda, porque eran cuatro y además de la misma familia. Normalmente, salvo al abuelo, dejaban fiao.
Pero éste aquí que Pedro Pómez no volvía a su casa, pese a que su padre le había hecho un país para él. No estaba por la babor. En Quioscolovaquia tenía lo que necesitaba y ya había hecho una familia: penthouse, private, Hustler,...
No obstruyante, y como tozurdo animal que era el padre de Pedro Pómez, organizó una visita oficial al país vecino con la intención de entablar relaciones comerciales y, a la postrera, traerse a su hijo de vuelta. La agenda del alto mandatario estaba muy apretada: a las diez de la mañana recepción oficial de la primera ministra Quioscolovaca a las puertas de su quiosco-país, y a las once partida de dominó internacional, con representación de ambas naciones y sin ganador oficial, pues no acababan de ver claro que el Ricardo tuviera tres fichas blancas dobles. Para evitar conflictos, los organizadores declararon la final en tablas, ante la protesta un ánime de toda la comunidad dominera que allí se concretó, y que eran dos.
A la hora del almuerzo en el recinto oficial acotado a tal defecto en las postrimerías del quiosco de la Emilia, por fin llegó el momento que esperaba el padre de Pedro Pómez. Su hijo se mostró esquilo toda la jornada pero cuando aquél le pidió pan, éste de aquí no pudo negárselo:
-Tome, Padre
-¡Hijo, por fin me hablas!
-Sí, es que creo que tenía usted razón. ¿Dónde iba yoastar mejor que en mi casa, ahora que por fin entendieron que son mayores y deben independizarse?
-Claro, hijo, ¿Cuándo vuelves con nosotros?
-No, no me entendió. Madre y usted cuentan con todo un porvenir y deben hacer su camino. Busquen un piso, que ahora hay muchas ayudas para la OPEP.
-¿Dime?
-Organización de Países Expositores de Petanca.
-¡Si nosotros no pertenecemos a eso!
-¡Pues haberse apuntao, que Quioscolovaquia fue la pro motora!
-¡Vástago des aprensivo!

Total, que allí se armó un con dios que requirió la intervención de las fuerzas vivas de la República Federal Quioscolovaca, o sea, el Julián y el Andrés, que estaban tan tranquilos tomando el sol con la boca abierta en el parque que había entre los periódicos del quiosco-país. Se llevaron presos a Pedro Pómez y a su padre y los metieron en la jaula del periquito de la Emilia -al lado de los Chupa Chups y los Sugus- pero sólo la cabeza porque no cabían, así que pudieron escaparse en un descuido del alcaucil y se llegaron hasta Casa del Padre de Pedro Pómez, País Libre con Vistas.
La familia de Pedro le abrazó acogiéndolo de nuevo en su lecho y prodigándole toda suerte de mimos y melindres, pero él se sentía extranjero en su antigua casa, máxime cuando a su padre le dio por inculcarle los valores del refranero y las frases hechas como forma de aprendizaje. Con ello posiblemente pretendía subsanar los errores educativos del pasado para con su hijo. Sobre protección, le llaman algunos.
Así por ejemplo, cuando Pedro Pómez estaba desayunando su padre le decía:
-¡Por hache o por bébetelo todo, eh!
-¡Padre, no sé si advierte usted que tengo ya treinta años!
-Así es, hijo mío. El calcio hace las veces de reparador de huesos. ¡Y no me hables así, que no hay mal que ni te cases ni te embarques! ¡Te he dicho mil veces que ciento volando y no hay dos sin tres tristes tigres mejor pedir que vivir de rodillas!

Desde luego aquél país no era para él. Tenía la tensión alta –hasta las orejas- y, para más inring, no contaba ya con su excelente colección de revistas pornográficas, algunas de las cuales tenían cedes de regalo para PC y no le había dado tiempo de llevarlos al susodicho Partido Comunista.
Lo que pasó después era algo que se veía Ben-Hur. Una noche intentó descolocarse por la ventana pero su padre lo pilló in fragata y lo metió en el calabozo de Casa del Padre de Pedro Pómez. Allí, en un agujero de dos por dos -mientras intentaba recordar la tabla de multiplicar-, vivió los peores momentos de su vida y acumuló el odio suficiente para acometer su fatal empresa. Después de dos horas preguntándose dos por dos igual a qué, se dedicó a abrir un florete en la pared suficientemente grande como para escapar, pero contaba con una gran cabeza y casi queda atrapado consigo mismo en tal torpe postura.
El padre de Pedro Pómez se hallaba a escasos metros pensando ojos que no ven mierda que pisas mientras daba de comer a Avelino, el cerdo de los Martínez, que se habían marchado al extranjero a comprar el pan. Avelino vio la cabeza de Pedro y soltó un aullido del tipo: “¡Jon ki tonk!”, que alarmó al padre de Pedro Pómez y lo puso sobre al piso. Total, que vio a su hijo con la cabeza atorada en el muro del calabozo, que antes fue la cuadra, a más señal.
Como procurador, fue un hombre que procuró siempre pensar las cosas tres veces, pero nunca lo consiguió. No estante, tuvo la endereza suficiente para no encerrar a su propio hijo de nuevo en aquella pocilga, bueno cuadra. Así que le propuso firmar la paz definitivamente con un pacto, no sin antes soltar una retahíla de refranes y frases hechas que provocaron en Pedro una exaltación, entrando en estado de choc o late.

Hoy en día, si el caminar les trae por estas tierras, casi yermas e infacundas, pueden visitar de primera mano la nueva concepción territorial de todos los países que aquí se hallan. Dejando a un helado Levantilla y otras naciones de constitución más tardía, el mapa se conforma así: Nuevo Arjulete, dentro del cual se ubica Pascual Independiente, Quioscolovaquia y Casa del Padre de Pedro Pómez, fraccionada a su vez en dos: Casa del Padre Por Un Lado y Casa de Pedro Pómez, o Casa de Arriba y Casa de Abajo.
           La situación en esta desunión de países es cuando menos insólita, en tanto en canto se diría que estamos hablando de se cesión o se gregación con más yúsculas.  Y es que Pascual Independiente ha creado otro país interno, dependiente del central, llamado Productos Pascual, que se encuentra en la misma situación que aquella de El Consistorio: Tiene más denuncias que un camello pase por un aljibe. Quioscolovaquia sigue atrayendo a jóvenes varones, sobre todo los meses de mayo, cuando celebran su Congreso Anual de Prensa Subida de Tono, que llega hasta un Do sobreagudo de pecho, de mucho pecho diría yo. En Casa del Padre Por Un Lado tienen la tasa más alta de producción de huevos en extinción, con dos gallinas y un gallo clueco a punto de parecer. El caso de Casa de Pedro Pómez se ha con vertido en pre ocupante y cuartomundista, ya que, además de tener la extensión de un cuarto, cuenta con la más baja tasa de natalidad o posibilidad de nacimientos, y –lo que es peor- la más alta en incendios y pobreza, ya que el único habitante del país, Pedro Pómez, calienta la comida en un brasero y cuando prueba con la cuchara de madera para ver si está buena, sopla muy fuerte dada su comprensión atlética y provoca incendios. Además, se derrama la comida, por lo que come poco y mal, como la mayoría de jóvenes que se independizan hoy en día.


Eso le diría su propia madre, si se hablara con extranjeros. 


Del libro B.A.R. (Breve Antología de Rescatados) 
Editorial: Cartonerita Niñabonita. Zaragoza, 2010.
Autor: Vicente Llorente.
Ejemplares únicos en cartón se pueden conseguir Aquí

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