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Foto: Vicente Llorente |
Es un parpadeo la vida. También lo es el baile orquestado de estas luces que anuncian el mayor y más grande espectáculo del mundo. El más difícil todavía. La ilusión, no exenta de cierto patetismo, del circo que agoniza. Bajo la carpa, en la pista central (y única) giran y saltan cuerpos perfectos en una orgía de polvo y boca abierta, con gradas vacías que ocupan ojos húmedos y brillantes como las luces que gotean en la puerta. Los animales exóticos de otros tiempos, la última cabriola del oso enfermo, el aspaviento funámbulo y servil del camello, el cocodrilo y otros actores de los documentales de televisión, se perderán en el barrizal donde el circo clásico quedó atrapado. Soy consciente de estar presenciando el más difícil todavía por última vez. Y no conozco mejor y más digna metáfora de la vida que este oficio. Por eso llevé a mi hijo, precisamente hoy, al mayor y más grande espectáculo del mundo. Por eso, y porque quiere ser payaso. Ya ejerce en casa haciéndome reír con sus gestos. Soy la red de sus falsas caídas al vacío, de su salto no mortal (no, por favor, una tregua pido), de su deambular pequeño por el pasillo y su mágica luz de tres años.
Él es un circo. Salta a la vista. Por eso, sabiendo que un día caeremos definitivamente, sabiendo todos que esa es nuestra certeza, no dejamos de saltar a la vida. Por eso fuimos, precisamente hoy, al mayor y más grande espectáculo del mundo. Hoy, a tres días de la muerte de mi padre, he comido palomitas de maíz con mi hijo y su baile de ojos saltimbanquis: espejos rotos de payasos que, para evitar castigo o preservar recuerdos, imitan el reflejo al otro lado.
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Pajarita con billete bus, Llorendal. |
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Silla madera y trenzado piel, Llorendal |
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Esterilla de esparto, Llorendal |
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Acróstico-soneto sobre corteza de chopo, Llorendal |
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José Llorente Vidal,
Llorendal
(1931-2010)
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