El camino más largo. ALBUM

Ya me lo decía mi madre: Ay, hijo mío... ¿Y qué será lo próximo?

viernes, 1 de abril de 2011

IGUALES, IGUALES

En Mayo del 93, siglo pasado, estuve en Madrid con Tigre y Guerrero en lo que iba a ser un viaje cultural. El trío de pájaros salía del nido por primera vez, en libertad teenager rumbo a lo desconocido. Yo, de entrada, perdí el tren. Normal, no me había levantado a las seis de la mañana en mi vida. Llegué a la capital siete horas más tarde y allí estaba el dúo dinámico esperándome: Guerrero (que por aquél entonces era una especie de señora con gafas y pelo alborotado, hecha la permanente natural, imagen vintage ya en esos tiempos) y Tigre, máquina de humor de pupitre que era, cuando quería, un pedazo de pan (duro). Inseparables, triángulo de amistad a prueba de olvido. De Tigre no sé nada, creo que es periodista. A Guerrero todavía lo tengo que aguantar cada semana. Trabajamos juntos en eso que se ha dado en llamar “La buena vida”.

Una vez hechas las pertinentes aclaraciones en defensa de mi persona, invité a la primera ronda (para mí, ellos ya estaban en la fase miracómoestáesatía) y en un mapa trazamos lo que di en llamar Vamosaquemarmadriz.

El cartel inicial era prometedor: Museo Reina Sofía, Antonio López. Casi ná.

Nos faltaba la jaula en un brazo y la gallina en el otro, con caras de joderquébueno y el típico tópico pareceunafoto. Subnormales profundos y provincianos parecíamos. Los lavabos a lápiz de Antonio López me dieron ganas de mear, aflojándoseme el esfínter ante tal mayordomía artística.

Aquello era realismo, sí, pero la cruel realidad nos aplastaría con una ausencia de témperas en el primer piso. Y es que a pie de obras (grandes obras) habían reservado los bajos para una exposición antológica de un gran artista vivo: se trataba de cuadros no ya a medio hacer, sino directamente en blanco. Blanco, otro blanco, otro con un marco en blanco. Dicen que el artista había pintado las paredes de blanco también, para acondicionar su gran sala en la que colgaría sus fetos blancos. Blanco sobre blanco. Y tiro porque me toca. Venía de la Tate Modern y había traído su blancura a Madrid, para que aprendiera el tal Antonio López.

Los tres por allí deambulando, imagínate el plan: Una risa castrada por allí, un tirar de mano para acallar el grito por allá, los tres buscando un cuadro con algo más que el forro del marco blanco, intentando desviar la mirada de aquél caos de leche, y en esas que vemos a un buen hombre de pie, con las manos a la espalda (era para haberlo esposado, desde luego) frente a un gran cuadro blanco. Absorto. En blanco. Buscando eso que sin duda no iba a ver nunca, o que, en su éxtasis de blanca coca, veía a colores. Si te pasa a ti, ¿qué haces? No sé, pero nosotros nos tiramos al suelo en decúbito prono y sonora carcajada, reptando hacia la salida. No hizo falta porque la de seguridad nos llamó la atención (como los cuadros) y nos hizo salir. Cosa mala, la albacea de arte.

Igual otro día os comento la juerga posterior en los sótanos de Argüelles. Esa que di en llamar Vamosaquemarmadriz. ¿Te acuerdas? Pues yo no. A las doce estaba en el taxi, de vuelta al hotel, con el pobre taxista pidiéndome que sacara la cabeza del coche por si me sobrevenía otro éxito de Arcade. Cuando eres joven, no es que seas inconsciente (que también) sino que no te reconoces si no estás inconsciente. Ah, batallitas del siglo pasado.

Todo esto te lo cuento porque todavía hoy no puedo asegurar que los cuadros en blanco de Robert Ryman sean auténticos originales. De hecho, he visto miles de ellos en las tiendas de pintura. Iguales, iguales.